Y quién no tiene un puto en la terraza,
y quién no guarda sapos en el buzón,
olor a muerto en un rincón de la casa,
ese secreto que se lleva al cajón.
Al que lo exprimen, siempre deja el hollejo
y, en todo caso, el alma nadie la ve
y el que no esconde ni se ve en el espejo
y el que no muestra el juego tiene un porqué.
Yo no sé.
Yo no sé.
Yo no sé. Yo no creo.
Yo no creo.
Esconde el miedo a derrumbarse el que manda.
Esconde mala voluntad el boy
scout.
Esconde el culo la princesa de Holanda.
Esconde el oro y la vergüenza Palau.
Tira la piña el manco y esconde el guante
en el bolsillo al pedo del pantalón.
Esconde tongos hasta el buen vigilante
y el entongado esconde la comisión.
Yo no sé. Yo no creo.
Yo no creo.
Yo no sé. Yo no creo.
Yo no sé.
Esconde el cuco entre las patas Florencia.
El cura esconde los pecados de Dios
y los deslices de su concupiscencia;
niños felices atendiéndoselos.
El padre esconde sus defectos al hijo
y el hijo esconde las palabras de amor.
El declarante dice “no dije” y dijo,
y que algo malo ignora esconde el doctor.
La viuda negra que le hacía el aguante
desde la fila cero a Karadagian
se escabullía con Benito Durante
y le pedía “portate como un
patán”.
Esconde su debilidad el gobernante
y las divisas en las Islas Caimán.
Yo no sé. Yo no creo.
Yo no sé. Yo no creo.
Yo no sé. Yo no creo.