Qué puede valer
un adoquín de San Telmo
robado del empedrado y reducido en Libertad.
Creen los nenes bien
que el Marajá es puro cuento,
sanata para los yonis que se tragan la ciudad.
Creen que no pegó la dignidad.
“Si están sucios, por algo será”,
y a otra cosa; de lo sucio no se habla.
Creen que la verdad
es lo que sale en los diarios
y lo que no, o no pasó o es firulete innecesario.
Roque está fatal,
sin teléfono ni cable,
y anda buscando quien le hable de sus días de bacán.
En su loft virtual
puesto en el Parque Lezama,
cuatro frentes a la calle, rumia fuego a reventar.
En un trago va su identidad
y en otro su cara, roja escara
que se le hizo de vivir su nueva vida.
“Vive en libertad”,
baten los vates de enfrente,
y Roque escucha y “tan libre y sin ni un cuero entre
los dientes”.
En cambio, Raquel
tiene paredes y techo,
panza de seis, un colchón, un Gicovate
y a Ramón,
y arde en tentación
de que le ubiquen los huesos.
Rabia, felpazos y besos,
trinidad de su pasión.
Madre de clausura, su oración
no pide más que resignación
para el día en que le hierva la terraza
al rey de la ley
que impere al mundo, iracundo:
“No me importa cuántos son sino que salgan de mi casa”.
Y anda el Marajá
en patas, barba y silencio,
con los revoques sellados a sus huellas digitales,
y en la oscuridad
mea el confín de San Telmo
y va a perderse en la aurora de sus fundos siderales.
Un número menos en la ANSeS,
arcángel sin credo que hable de él;
ya se sabe: de lo sucio no se habla.
Y esto no es verdad
sino lo que haya en los diarios,
y lo que no, o no pasó o es firulete innecesario,
porque la verdad
es lo que dice el gran diario,
y lo que no, o no pasó o es firulete innecesario.
Y lo que no, o no pasó o es firulete innecesario.
Y lo que no, o no pasó o es firulete,
no pasó o es firulete,
no pasó o es firulete innecesario.